viernes, 4 de agosto de 2017

Cada año bajaba a aquella playa


Una noche, daba igual cual, me escapaba después de la cena. Había hecho de esa rutina lo más importante de aquellos días de descanso veraniego en aquella ciudad.

Por el día la veía desde mi apartamento, es más la ignoraba a la hora de entrar en aquel mediterráneo que desde hacía muchos años ya era mi compañero y amigo, mi confidente y espejo de aquellas zozobras que inundaban mi alma.

Poco a poco me aleje de las luces del paseo, mis pies acariciaban la húmeda arena hasta llegar a las rocas. Allí siempre el mismo protocolo, dejar que mis ojos se acostumbraran y con los pies dentro del agua buscar una roca que me hiciera más cómoda mi estancia.

A partir de ahí todo era sencillo, cerrar mis ojos e imaginar esas olas que me golpeaban, era en aquel momento en el que mis pensamientos fluían a velocidad de vértigo hacia ese mar que me había adoptado como suyo.

Unos minutos más tarde sentí algo a mi lado, abrí los ojos y allí la vi, serena y hermosa, pero con unos ojos llorosos clavados en el mar. ¿Qué haces aquí? Le pregunte, no dijo nada, su mirada estaba tan perdida que dude incluso si me escuchaba. No podía apartar mis ojos de ella. Pensé que tendría frío, me quite la camisa y se la intente poner, pero con una de sus manos me aparto.

Seguí mirándola, intente adivinar desde cuando estaba ahí, en que momento había llegado e incluso le susurre lo bella que me parecía. Pero ni se inmuto, parecía una roca más, una parte integrante de aquella playa, de aquella noche.

Pasado cierto rato volví a mirar el mar, cerré los ojos y me pregunté en silencio que había cambiado esa noche, ese año, para que hubiera aparecido ella. De repente un suspiro, ven me dijo casi en silencio, acompáñame. Me cogió de su mano y entramos en el mar.



Fue mi último suspiro, mi último verano.




lunes, 24 de julio de 2017

Sus ojos miraban al suelo.




No recordaba apenas el olor de la hierba mojada. Desde aquel día en el que entro por aquella puerta no la había vuelto a oler. Tus padres te han traído por tu bien, entiéndelo, le dijo aquella mujer mientras la asía fuertemente.

Después aquella puerta se cerró.

Poco a poco creyó entender que habían hecho lo mejor para ella, pero cada vez que pasaba por delante de aquella ventana lo olvidaba todo. ¿Por qué solo era traslucida? ¿Qué podía esconder detrás? No era capaz de entenderlo.

A partir de hoy te llamaras Clara, hermana Clara.

Es costumbre en este convento que la última novicia en llegar tome el nombre de la última hermana que nos ha dejado, le dijo la madre superiora. Apenas se atrevía a levantar la cabeza, -me gusta ese espíritu de sumisión que has traído- le dijo.

Como explicarle que todo era producto de su miedo y de la angustia que sentía. ¿Por qué tenía que abandonar los juegos y la ilusión por cantar, sonreír o por saltar? Y sobre todo como entender que era ella la que estaba allí.

Pasó el tiempo, Clara encontró aficiones que no había imaginado nunca, pero sobre todo se acostumbró a vivir sin sonreír, a imaginar que la belleza estaba en sentir en vez de admirar y a intentar amar cosas imposibles.

Un jueves las reunió la madre superiora, a su lado estaba el sacerdote que las confesaba y decía misa –nuestra orden va a cambiar- les dijo –el santo padre ha decidido eliminar esta clausura- continuo. Al contrario de lo que pudiera pensar esa noticia la abatió, después de todos estos años recorriendo este convento no podía imaginar cómo sería la vida fuera.

Pasados dos días el sacerdote las vino a acompañar -me gustaría que hoy conocierais otra iglesia- les dijo, y poco a poco, casi aterradas salieron a la calle. Clara apenas recordaba nada, había entrado allí tan pequeña que para ella solo existían las paredes del convento. Miro casi aturdida el ritmo frenético de  las personas que pasaban al lado y no dejaba de pensar en todo aquel tiempo que había estado allí dentro.

Pasadas unas horas volvieron, al llegar al convento vio aquella ventana desde la calle por primera vez, siempre había imaginado como seria desde fuera y le pareció maravillosa, a partir de hoy podría asomarse a ella…



Aquella ventana fue lo primero que vi al entrar y la que me acompañara cada día del resto de mi vida…



martes, 18 de julio de 2017

Tomas



Tomas vivía en un piso al lado de las vías del tren.

Poco a poco contemplo como cada uno de sus vecinos se fueron marchando molestos con los ruidos y las luces, pero el sabia que no se iría nunca.

Hijo de ferroviario había tenido una niñez ajetreada. Coincidió su infancia con aquella maldita guerra que asolo su país en los años treinta. Para Tomas supuso viajar de aquí para allá al ritmo frenético de un país en descomposición. Su padre era factor en una pequeña estación de capital y como tantos cientos de miles de personas  su orientación política fue la de la zona en la que estaba residiendo.

Y allí empezó a tener consciencia de que reinaban esos días en los que se mezclaban las tardes de juegos al lado de aquella tapia y el intento de transmitir normalidad de unos padres desesperados por la falta de noticias y de comida para sus hijos.

Años más tarde, después de haber recorrido innumerables estaciones, los estudios los separaron. Durante muchos años no volvió a acercarse a una estación. Olvido su aroma y su música en forma de ruidos, olvido los horarios y las secuencias en medio de libros y dificultades.

Pero, aunque él no lo sospechaba, aquellas vías serían una parte importante de su futuro.

Tomas formaba parte de una generación que perdió la sonrisa, y aunque día tras día intentaba recuperarla, no lo conseguía. Primero fueron aquellos trabajos, casi no tenía tiempo de estudiar, pero él quería llegar como fuera a la Universidad.

Sea como sea.

Y lo consiguió, apenas una semana después de jubilarse se matriculo, no importaba la carrera, no importaba la dificultad, solo el conseguirlo.

Cuando volvía de matricularse vio el cartel, no lo podía creer, aquel piso tan barato, algo raro tenía que haber. Y se reencontró, aquel aroma, el ruido y las secuencias. Por un momento creyó regresar a su niñez y sonrió.


Aquella sonrisa  lo dijo todo... 




jueves, 15 de junio de 2017

Un instante...




Lo más terrible no son las traiciones, lo más terrible es el desengaño.

Cuántas veces he susurrado tu nombre al apoyarme en la almohada, cuantas veces he tendido mi mano y he visto que no estabas.

Esa nube que te posee y que no te deja vivir se ha adueñado de ti.

Te miras al espejo y frunces la mirada, te despiertas a media noche y coges el móvil enfadada. Es solo el comienzo, solo el anuncio de la sorpresa que se escabulle en busca de un nombre.

Otra vez regresas a casa, sientes el alcohol que inunda tus venas y, aunque no lo sepas aún, es la única forma de combatirlo. Sonríes y piensas, te dejas abrazar por la ignorancia y finges ser feliz en ese instante.

Miras tus manos y huyes, lo sabes todo pero no piensas consentirlo. Y caes en un sueño pasajero que solo durara un momento. Al despertar otra vez el móvil.

Quieres ser feliz aunque sea solo un instante.

Pero la vida se ha adueñado de ti, esa vida que tanto odiabas. Un reproche, un suspiro y lo sabrás.

Sentirás como huele la distancia, sentirás el color de la soledad y de la incomprensión.

Porque piensas que es solo un instante.




Un instante que vale toda una vida…